La ruptura de un matrimonio es, en la mayoría de las ocasiones, una experiencia muy dolorosa que afecta, en primer lugar, a los miembros que la forman. Pero no hay que olvidar que el vínculo que se establece voluntariamente entre dos personas implica a otras tantas que les rodean que, inevitablemente, se ven afectadas también por dicha separación que han de asimilar y adaptarse a la nueva situación: estas personas son las respectivas familias y amigos de ambos y, principal y dramáticamente en muchos casos, los hijos.

Cuando una pareja toma la difícil decisión de poner fin a una convivencia, a un proyecto de vida en común, su mundo, hasta ahora más o menos estable se desvanece y se percibe la sensación de retroceso o de vuelta a un punto de partida del que se ve con más o menos fuerza, con más o menos ganas de volver a arrancar. Pero, por duro que sea, son ellos los que deciden poner fin a esta unión.

La realidad que vivencian los hijos es muy distinta. Su entorno de estabilidad se tambalea y destruye de una forma mucho más brusca puesto que, probablemente ellos no alcanzan a comprender las razones por las que esto sucede. Por qué sus papás, que “siempre han estado ahí y siempre debían estar”, de repente ya no viven juntos, (¡algo impensable hasta el momento!). Y si eso que era inconcebible puede llegar a pasar, ¿qué otras cosas podrán sucederles a ellos? ¿Quién les asegura que ese vínculo tan igualmente indestructible con sus padres no se va a romper al algual que se hizo con el del matrimonio?

Multitud de preguntas, dudas y temores asaltan sus pequeñas cabecitas: ¿Por qué? ¿Dónde se va a vivir mi papá (en el caso más frecuente de que sea él quien se va del hogar)? ¿Qué va a pasarle? ¿Qué va a pasar conmigo? ¿He hecho yo algo malo? ¿Y si un día dejan de quererme a mí?

Además de todas estas cuestiones que no entienden, normalmente sufren las consecuencias de importantes cambios en sus rutinas diarias a las que se tienen que adaptar: es posible que se cambie de domicilio, al disolverse

el matrimonio es probable que se pase por un período de disminución de los ingresos económicos (a pesar de las pensiones) con el consiguiente recorte de “caprichos”, se tienen que quedar parte del día con otras personas porque falta un papá que se quede con ellos mientras el otro trabajaba, falta un beso de buenas noches por parte del que no está, y un largo etcétera… Además de ver día a día que sus padres, por separado, están tristes o enfadados, lloran… no son “los de siempre”.

Son demasiados cambios y, en ocasiones, demasiado difíciles. El tiempo necesario para la adaptación varía enormemente en función de cómo se lleve a cabo el proceso de separación, de la relación que mantienen los padres entre ellos, de cómo se comportan ante sus hijos, de la edad de éstos… Son varios los factores que contribuyen a que el proceso de adaptación por parte de los hijos a su nueva situación sea más rápida y adecuada o se prolongue demasiado o se viva demasiado intensamente, llegando incluso a necesitar la ayuda de un profesional para ayudarles.

Como padres y educadores, son muchas las cosas que podemos hacer para ayudar a estos niños que están pasando un momento tan difícil. En primer lugar, intentar hacerles comprender, utilizando un lenguaje sencillo adaptado a su edad, las razones por las que papá y mamá han decidido no estar juntos: dejando bien claro que se trata de que ya no se quieren, que es algo que a veces sucede entre los mayores, pero que no tienen nada que ver con ellos y que su relación de amor hacia ellos no cambiará. Darles tiempo a que vayan asimilando los cambios, e invitarles a que expresen sus emociones. También es muy importante intentar comportarse de la misma forma que se ha hecho hasta el momento, eso les ayuda a que no se agreguen cambios innecesarios en su ambiente ya demasiado diferente.

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A continuación, hay unas pautas que pueden servir de guía para los padres a la hora de apoyar a sus hijos y favorecer su adaptación.

Pautas para ayudar a los  padres que se han separado a actuar mejor con los hijos.

1. Intentar que la vida cotidiana de los niños se parezca al máximo a la de antes de la separación de los padres. De esta forma, se contribuye a que noten menos cambios y se facilite su adaptación a la nueva situación.

2. No hablar mal del otro progenitor delante de los hijos. Por muy mal que haya acabado la relación, no se debe olvidar que sigue siendo una persona importantísima para ellos y que las palabras les hacen daño. Si ya se ha hecho, intentar prestigiarlo, hablar bien del otro,  aunque cueste esfuerzo.

3. No discutir ante ellos. En caso de que la discusión no se pueda evitar o posponer, retirarse a otra estancia.

4. Si es posible, invitar a los niños a que participen en los pactos de las visitas con el progenitor que no posee la custodia. En caso de dificultad para comunicarse, es mejor buscar la ayuda de un profesional.

5. No utilizarlos de “mensajeros”.

6. Explicarles, en un lenguaje que el niño pueda comprender, los motivos por los que se ha producido la separación. Dejarles muy claro que ellos ya no se quieren de la misma forma, pero que esto no tiene nada que ver con él y que le seguirán queriendo siempre de la misma forma.

7. Seguir educándoles, aun cuando se pase poco tiempo con ellos. Comprar su afecto no suele dar buen resultado. Lo mejor es intentar ponerse de acuerdo con el ex-cónyuge en las normas que ambos deben procurar que se cumplan. En caso contrario, se crearían en los niños sensaciones contradictorias.

8. Cuidar las emociones que mostramos ante ellos, tratando de mantenernos serenos y joviales. Evitar expresiones de tristeza, preocupación, irritabilidad… en la medida en que se pueda.

9. En el caso de que exista una nueva pareja, explicárselo de una forma natural y sencilla ;  esperar pacientemente que lo vayan asimilando y no forzar encuentros si vemos que aún no están preparados. Decirles claramente que se les quiere a ellos y que son insustituibles.

10. Ante las situaciones que surjan de difícil solución, consultar a un orientador, mediador, etc… Es mejor actuar desde la prevención.

Siguiendo estas recomendaciones, y con la ayuda del tiempo y el cariño, se contribuye a hacer más llevadera esta dura experiencia.

Lecturas recomendadas:

Castells, P. : Separarse civilizadamente. Plaza y Janés, Barcelona, 1999.

Menéndez-Aponte, E. : Cuando papá y mamá se divorcian. San Pablo, Madrid, 2001.

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