En una separación no existen fórmulas mágicas para minimizar el impacto emocional en los menores. En los últimos años se ha incluido la opción de la custodia compartida. Cada familia es diferente y las decisiones dependerán de las circunstancias y edad de los niños/as.

La custodia compartida ha abierto nuevos escenarios en las situaciones familiares tras una separación. Muchos padres/madre se preguntan si es o no el modelo más aconsejable, pero la respuesta no es fácil y ninguna opción  es válida para todos los casos.

Partiendo de la base de que cuando un matrimonio con hijos/as se rompe, ninguno de los dos progenitores debe perder la relación con los niños/as, la decisión de cuál de los dos progenitores debe tener la custodia y si esta puede ser compartida, debe ser tomada analizando cada caso particular.

La custodia compartida es sobre el papel una medida que busca paliar la “injusta” situación que viven los/las pequeños que pasaban de compartir el día a día con su padre y madre a poder verlos sólo los fines de semana alternos y algún día entre semana, además de un mes en vacaciones.

Compartir al 50% la custodia, dividiendo a partes iguales el tiempo que los hijos/as pasan con el padre o con la madre, bien por semanas o bien por quincenas y compartiendo por tanto el coste de manutención también al 50%, puede parecer una solución justa, pero no siempre aconsejable.

Y aunque los motivos económicos que en algunos casos pueden llevar a muchos padres/madres a solicitarla, antes de optar por este régimen se debe analizar la situación y necesidades de los niños y niñas, y tener en cuenta que sus intereses.

Ante un divorcio, lo mejor para los hijos/as, además de seguir contando con el cariño y apoyo incondicional de sus padres, es que existan los menos cambios posibles en su rutina. Dado que su vida ha sufrido ya un cambio drástico, hay que intentar que su entorno se mantenga lo más estable posible. Es decir, hay que procurar, preservar al máximo cómo era la vida del niño/a antes del divorcio. Esto obliga a los padres /madres a supeditar sus deseos al de los hijos/as.

La mejor situación tras un divorcio es que los padres/madres, sea cual sea el tipo de custodia acordado, singan manteniendo el respeto por el otro y tengan flexibilidad a la hora de facilitar el contacto y la relación de los niños/as con el otro progenitor.

Por otra parte, una de las primeras cuestiones a tener en cuenta a la hora de optar por un tipo de custodia es la edad del niño/a. Aunque no se debe generalizar, en los casos de menores de seis años es aconsejable que esté con la principal figura de apego el tiempo posible. Para ello, los padres/madres tienen que ser muy generosos y facilitar al máximo posible la relación con el progenitor que no tiene la custodia a su cargo.

Se debe tener también en cuenta los casos de familias reconstituidas. Se trata de padres/madres separados que se vuelven a unir y comparten casa con hijos/as de su pareja o tienen hijos/as comunes. Cada vez en más ocasiones un niño/a pasa de una casa con unos “hermanos/as” a otra con otros diferentes, por lo que hay que tener especial cuidado en la gestión de organización para garantizar su estabilidad.

Sea cual sea la fórmula elegida, los padres/madres deben prestar especial atención a los/as hijos/as tras la separación. Es muy aconsejable la figura del asesor, ya que un profesional en temas infantiles puede ayudar a los padres/madres al estar habituado a tratar este tipo de situaciones y tener formación para indicar las pautas a seguir.

En muchas situaciones de crisis, como es un divorcio, el niño/a tiene unas necesidades que pueden pasar desapercibidas para los padres/madres, principalmente porque ellos están también solucionando su propia situación, por ello, la ayuda de expertos puede ser muy conveniente para superar esta etapa.

Muchos padres/madres, se plantean la opción de compartir casa. De esta manera, los niños/as no cambian de hogar, siguen manteniendo sus habitaciones y entorno habitual y son los adultos los que se turnan en su cuidado y cada semana, quince días o cada mes “se va un progenitor y entra el otro”.

Aunque pueda parecer que esta alternativa ofrece estabilidad al niño/a puede servir en determinados casos como medida provisional, la práctica la desaconseja como medida definitiva.

Compartir la casa en la que viven los hijos/as, aunque no sea de forma simultánea, es un motivo de conflicto entre los padres/madres  y puede provocar  nuevos enfrentamientos entre la pareja divorciada que repercutirá directamente en los niños/as, ya sea por temas de comida, limpieza, objetos personales que deja uno u otro, o por las normas de la casa. Así, para un hijo/a es difícil diferenciar que, estando en la misma casa, cuando están al cargo de su padre o madre, siguen unas normas, pero cuando está el otro son otras normas. Las rutinas son más fáciles de identificar si se cambia de casa.

Por  otra parte, aunque es cierto que los hijos/as en las consultas de los psicólogos y pedagogos se dibujan a sí mismos con una maleta, también es cierto que un hijo/a sufre cuando ve que es su padre/madre es el que asume el rol de maleta cada quince días y no tiene referencia de a dónde va, con quien está y si estará bien.

Tampoco hay que olvidad el tema económico. Compartir la casa en la que viven los hijos/as, obliga a mantener tres casas: la que viven los niños/as y la que cada progenitor tiene cuando no está con los hijos/as, lo que puede ser inviable sobre todo en una situación de crisis, aunque en algunos casos una de las casas se sustituye por la  de los abuelos.

Otro factor a tener en cuenta es que el “hogar” lo hacen los padres/madres. Una casa no es sólo un espacio para vivir, tiene que tener elementos que lo hagan entrañable y confortable como son las fotos,  objetos personales.  En una casa en la que los adultos sólo viven por tiempos alternos, suelen evitar dejar sus cosas, por lo que el hogar se convierte en un “hotel” con alternancia.

Recuerda…

– La prioridad es siempre el bienestar de los niño/as de manera auténtica.

– Hay que ofrecer la máxima estabilidad al niño/a evitando que cambien en exceso de rutinas.

– Utilizar a los niños/as como moneda de cambio y como arma arrojadiza perjudica su autoestima y bloquea su desarrollo emocional.

– El respeto y la flexibilidad entre la pareja es la mejor herramienta para que el niño/a sufra lo menos posible.

– Favorecer la relación del niño/a con el otro progenitor ayuda a superar la pena por la separación.

– Establecer el modelo de custodia dependiendo de la edad y fruto de la reflexión.

– Evitar preguntar a los hijos/as con quien quiere vivir, lo que quiere hacer. No tienen edad para tomar esas decisiones que además de causarles profundo dolor les provocan culpabilidad.

– Explicar juntos a los niños/as los cambios que van a sufrir de forma clara y sencilla.

– Formarse y buscar asesoramiento con expertos sobre el tema.