ALEX, 7 DE FEBRERO

Seguro que muchos de nosotros hemos podido ver estallidos de rabia en algunos niños/as durante la infancia. Patadas, insultos, gritos, mordiscos, etc. Durante la edad preescolar es habitual encontrarse con este tipo de conductas. Es una etapa en la que aún están aprendiendo a compartir, y va formándose la personalidad del niño/a. El factor social, además, tiene mucha influencia; nuevos amigos, saber comportarse de una manera adecuada con los demás, tolerar la frustración ante las decepciones, etc. Sin embargo, lo habitual, con el paso del tiempo, es que el niño/a aprenda a expresarse mediante la palabra y deje de recurrir a las conductas más impulsivas que podía hacer antes.  Sin embargo, es lógico que los padres y educadores se preocupen ante estas manifestaciones. Es por ello que debemos tratar de entender las causas de porqué se da este comportamiento. A veces, la agresividad se da en respuesta a problemas que están sucediendo en casa, a preocupaciones o a temores. En estas situaciones, el niño/a puede responder de manera agresiva, amenazando o pegando a los compañeros o profesores. Lo que genera este tipo de conductas es un sentimiento de rechazo hacia estos niños/as, etiquetas por parte de los educadores y miedo por parte del resto de compañeros. Con todo esto, al final se suele perpetuar el patrón de conducta y se calificará al niño como agresivo, en general.

Los  niños/as necesitan habilidad verbal para poder entender y expresar sentimientos. De igual modo, también es necesario disponer de un funcionamiento cognitivo adecuado para poder modificar la información que reciben y actuar mediante comportamientos alternativos a la agresividad. Cuando estas habilidades son menores, es lógico que ante situaciones que provocan frustración, los niños/as encuentren en la agresividad la respuesta más rápida. Hay factores que predisponen al niño/a a actuar de manera agresiva ante la frustración. Por ejemplo, influencia genética, ambientes desorganizados o agresivos, apegos inseguros, estrés, falta de capacidad de resolución de problemas.

Si un niño/a tiene baja tolerancia a la frustración, es más fácil que reaccione de manera agresiva ante tales situaciones y que, posteriormente, desarrolle conductas desadaptativas. A continuación presentamos algunos consejos que aportamos en nuestro centro – IVAPEC-  para evitar que éstas conductas se conviertan en un patrón en su comportamiento habitual:

  • Evitar castigar los comportamientos que consideremos como agresivos con agresividad. Si se responde con agresividad ante conductas agresivas, lo único que vamos a generar es sigan comportándose de la misma manera.
  • Reforzar las conductas que no sean agresivas. Hacerle saber al niño/a que se estamos contentos con él cuando su comportamiento sea adecuado.
  • Ser claros en las conductas que esperamos y en las que hay que evitar. Decir a nuestros hijos de forma clara lo que esperamos de ellos y lo que no queremos que hagan. Es recomendable usar una tabla a modo de registro para incentivar, de una manera visual y atractiva para el niño/a, el cumplimiento de las normas.
  • Extinguir el comportamiento agresivo. Debemos tratar de ser conscientes de nuestras conductas como padres y educadores y no prestar atención a las conductas agresivas que muestre el niño/a. El objetivo es tratar de ignorar, en la medida de lo posible, las conductas agresivas, buscando la rectificación de las mismas, pero no dejar de prestar atención a aquellas que supongan un riesgo físico.
  • Indagar en las posibles fuentes de estrés y ansiedad. Si hay algún problema en casa o en el colegio, es normal que esté afectando al niño/a.

¡¡Es posible ayudar a mejorar estas conductas!!

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